Informativo agrourbano. Ministerio del Poder Popular de Agricultura Urbana y comunidades organizadas de la República Bolivariana de Venezuela
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domingo, 28 de mayo de 2017

Editorial / Mayo 2017


Es probable que la aparición de este segundo número de Tiempo de sembrar genere en algunos compatriotas una pregunta automática, tal vez incluso inconsciente: ¿tiene sentido seguir promoviendo la agricultura urbana en este tiempo de conspiraciones, de retos y respuestas de urgencia? Y por supuesto que lo tiene. Básicamente, porque mientras alguna facción se empeña en proyectar o construir un discurso de Estado fallido o país incapaz de gobernarse, nuestra gente sigue mostrando ensayos y resultados en el área de la producción y la formación agrourbana, y lo que el Gobierno sigue haciendo para estimularla revela que tenemos un país activo y en funcionamiento. El objeto de este periódico sigue siendo mostrar el registro de lo que el pueblo que somos sigue construyendo, más allá de los ruidos molestos de los acosos criminales.
No es cómodo adaptarse a los tiempos y formas de lucha que necesitamos transitar para ir moldeando la historia. La Revolución y las muchas amenazas que nos asedian nos exigen tareas que requieren de distintas actitudes y distintas “velocidades”: es preciso enfrentar la amenaza veloz y directa de hoy y mañana, esa que se mide y decide en horas y días, pero sin abandonar la visión de la larga tarea que tenemos por delante, esa que se mide en décadas, siglos y generaciones.

Tal vez continúen el asedio y las provocaciones internacionales, pero esta generación de venezolanos no pasará a la historia como aquella que abandonó su lenta, larga y hermosa construcción del socialismo, para dedicarle todo su tiempo y su energía a las agendas del enemigo. Es el tiempo de sembrar y seguiremos sembrando.

domingo, 9 de abril de 2017

Editorial (abril 2017)


En la Venezuela chavista, tiempo y plataforma de la Democracia Participativa y Protagónica, andamos explorando las claves de la recampesinización: el proceso que nos está llevando, por conciencia y por necesidad cotidiana e histórica, al momento en que los habitantes de las ciudades están mirando con curiosidad, y también con ardoroso afecto, aquellas prácticas que nuestros abuelos y bisabuelos dejaron atrás y allá lejos. El maestro pueblo que está potenciando esa vocación de regreso a la siembra proviene por lo general de las propias comunidades urbanas, y ha sido un reconfortante hallazgo la coincidencia de visiones entre la gestión del Minppau y el espíritu que mueve a este periódico: aquí la voz predominante será la del ese ser emergente que es el agrourbano. La del ciudadano que busca en la agricultura la solución a los problemas que nos trajo la entrega incondicional del país a una lógica empresarial y corporativa de la producción y distribución de alimentos.
El capitalismo perpetró durante el siglo XX un secuestro masivo de personas que se ganaban la vida en faenas del campo y nos trajo a este punto en que 80 por ciento de la población es urbana pero mayoritariamente improductiva. El sentido y razón de ser de un Ministerio de Agricultura Urbana, diseñado o preconizado en sus líneas maestras por el comandante Chávez en el Plan de la Patria, y creado en su concreción institucional por el presidente Nicolás Maduro, es la reactivación del apego de nuestra gente a las labores agrícolas, en busca de soberanía alimentaria, pero además de una alimentación sana, producto del esfuerzo de gente consciente y no esclavizada por terratenientes ni corporaciones.
El éxito de esta misión no podrá medirse solamente en toneladas de alimentos producidos (que ya los estamos produciendo y esto ha sido relativamente fácil) sino en algo más importante como la verificación de un cambio cualitativo de actitudes y tendencias: cuando el habitante de nuestras ciudades y pueblos se movilicen masivamente en la utilización de espacios ociosos para convertirlos en fuente de alimentos; cuando en los ámbitos familiar, vecinal y comunal la norma sea la producción de carbohidratos y proteínas para el sustento y el intercambio, entonces habremos dado el salto cualitativo que la Revolución ha iniciado a pesar de los obstáculos.
El término y concepto “recampesinización”, al que todavía muchos se acercan con cautela, desconfianza o abierto temor, no es de ninguna manera sinónimo de retrogradación o atraso. Cierta propaganda cosmopolita ha estandarizado la creencia de que sólo la tecnología y el artefacto cibernético nos garantizarán una navegación eficiente por el futuro. Prohibido olvidar que en ese territorio llamado “futuro” también necesitaremos comer, y la única tecnología que produce alimentos es la que nos hermana con las labores del campo, no la que niega nuestro origen campesino.