En la Venezuela chavista, tiempo y
plataforma de la Democracia Participativa y Protagónica, andamos explorando las
claves de la recampesinización: el proceso que nos está llevando, por
conciencia y por necesidad cotidiana e histórica, al momento en que los
habitantes de las ciudades están mirando con curiosidad, y también con ardoroso
afecto, aquellas prácticas que nuestros abuelos y bisabuelos dejaron atrás y
allá lejos. El maestro pueblo que está potenciando esa vocación de regreso a la
siembra proviene por lo general de las propias comunidades urbanas, y ha sido
un reconfortante hallazgo la coincidencia de visiones entre la gestión del
Minppau y el espíritu que mueve a este periódico: aquí la voz predominante será
la del ese ser emergente que es el agrourbano. La del ciudadano que busca en la
agricultura la solución a los problemas que nos trajo la entrega incondicional
del país a una lógica empresarial y corporativa de la producción y distribución
de alimentos.
El capitalismo perpetró durante el siglo XX
un secuestro masivo de personas que se ganaban la vida en faenas del campo y
nos trajo a este punto en que 80 por ciento de la población es urbana pero
mayoritariamente improductiva. El sentido y razón de ser de un Ministerio de
Agricultura Urbana, diseñado o preconizado en sus líneas maestras por el
comandante Chávez en el Plan de la Patria, y creado en su concreción
institucional por el presidente Nicolás Maduro, es la reactivación del apego de nuestra gente a las labores agrícolas, en busca de soberanía alimentaria, pero
además de una alimentación sana, producto del esfuerzo de gente consciente y no
esclavizada por terratenientes ni corporaciones.
El éxito de esta misión no podrá medirse solamente en
toneladas de alimentos producidos (que ya los estamos produciendo y esto ha
sido relativamente fácil) sino en algo más importante como la verificación de un cambio cualitativo de
actitudes y tendencias: cuando el habitante de nuestras ciudades y pueblos se
movilicen masivamente en la utilización de espacios ociosos para convertirlos
en fuente de alimentos; cuando en los ámbitos familiar, vecinal y comunal la
norma sea la producción de carbohidratos y proteínas para el sustento y el
intercambio, entonces habremos dado el salto cualitativo que la Revolución ha
iniciado a pesar de los obstáculos.
El término y concepto “recampesinización”,
al que todavía muchos se acercan con cautela, desconfianza o abierto temor, no
es de ninguna manera sinónimo de retrogradación o atraso. Cierta propaganda
cosmopolita ha estandarizado la creencia de que sólo la tecnología y el
artefacto cibernético nos garantizarán una navegación eficiente por el futuro.
Prohibido olvidar que en ese territorio llamado “futuro” también necesitaremos
comer, y la única tecnología que produce alimentos es la que nos hermana con
las labores del campo, no la que niega nuestro origen campesino.
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